domingo, 15 de marzo de 2009

LA HISTORIA DE UN HOMBRE QUE ANTES ERA PRESO Y AHORA ES LIBRE. Por Jassir Eljach

La celda era de tres por cuatro. Me dijo que, aunque sabía que era pequeña, ignoraba las medidas. En ese espacio hay una litera, un inodoro, una mesita con hojas y lápiz, y una silla plástica que dudo mucho que esté ahí por mis visitas. Siempre que voy a verlo me encuentro con una réplica exacta del domingo pasado: él sentado en la cama, mirada clavada en el suelo de cemento, piernas abiertas, los brazos apoyados en los muslos, manos enredadas en sí mismas, un par de labios fumando y fumando. Fumaba con la misma inercia con que respiraba. Apenas se percata de mi llegada. Lo sé por que alza ligeramente la mirada. “Para saber si eras tú o alguien se estaba echando tu perfume”, me respondió cuando le pregunte por qué siempre me miraba así. Entro y me siento enseguida. Él se levanta y me da, más que un abrazo, unas palmaditas en la espalda.
En la cárcel saben quién soy, se imaginarán que soy de poco fiar. La primera vez que fui a visitarlo, hace cuatro domingos, me quitaron mi grabadora y hasta mi libreta de apuntes, por lo tanto me toca recurrir a la memoria y decir las cosas a mi manera.
Espera hasta que se le acabe el cigarrillo con el que me lo encontré al llegar, para empezar a hablar. Yo solo lo observo, con la misma dureza con que él se deja ver, cómo disfruta de su cigarro. Como un postre. Cómo se concentra en la punta roja y encendida. Cuando el calor le amenaza los dos dedos con que sostiene el tabaco, lo deja caer al suelo sin rematarlo con el pie. Siempre es lo mismo.
- Lo que me da vaina es que no me puedo quedar con todo el humo. Pa´ algún lado lo tengo que echar.
- ¿Como con ella?
- Ujum. Por eso la metí en el escaparate después de matarla. ¿Dónde mierdas la metía? Yo pienso que hasta me jugó la mente, ¿sabes?, porque, ajá, si estaba muerta, no se iba a poner más ropa. Entonces saqué todo ese poco de vainas del escaparate y la sampé ahí.
Todo lo contaba con mucha calma, como si me echara un cuento de su infancia. Su aspecto mudo y desolado se trocó dicharachero y escandaloso. Hasta con las manos hablaba.
En las visitas anteriores charlábamos de cualquier cosa. Me preguntaba por mis hermanas, por mis tíos y mis abuelos. Todo se tocaba, menos el asesinato. No quería presionarlo. Sabía que en algún momento se le saldría. Era algo que tarde o temprano le tenía que molestar en el pecho. Hoy pasó. Sin yo esperármelo. Me impresioné bastante cuando empezó a hablar de ello, pero encogí el alma para que no se me notara la perturbación.
- ¿Cuándo decidiste matarla?
- Pues, decidirlo decidirlo, nunca. Ya me venía irritando desde hace rato. Desde hace un poco de días. Que dejara la fumadera. Que qué tanto hacía yo en el escritorio escribiendo, que si tenía una querida. Que por qué te dejé estudiar esa carrera, que te iban a sampar un tiro. Que dejara de pearme en la cama. ¡Eche! ¡ Ajá y entonces! Pero digo yo acá que la culpa fue de ella. A estas alturas de la vida no sé pa´ qué carajo tiene media velada. Tenía una habladera y, nojoda, saqué del escaparate de ella una media velada, la prendí por el pelo, le sampé dos garnatá y la ahorqué con la media. Pero fíjate cómo es uno, ahí fue cuando se me ocurrió la vaina del escaparate. Cuando me di cuenta que se murió saqué la ropa y la metí a ella ahí. Claro que, por si acaso, la estrellé un par de veces contra el marco de la puerta del escaparate y cerré con llave.
- ¿Por qué llamaste a las peladas y no a mí?
- Es que tú sabes que soy medio bruto pa´ los teléfonos. El celular tuyo no me lo sé. Te estaba llamando al periódico y no estabas. Entonces las llamé a ellas y les dije que no sabía lo que le pasaba a tu mamá, que se había metido en el escaparate. Nojoda, la Adriana de mierda esa. Ella fue la que me sapió. Yo sé que tú no te pones en esas vainas de demandarme ni nada de eso. Si además lo que te hice fue un favor, ya no tienes esa jodedera encima que no te dejaba hacer era nada. Yo digo que más que todo la maté para poder fumar mis cigarrillos en paz de Dios.
Pensándolo bien, ahora que mi papá me contó todo como había pasado, no le veo ninguna gracia. No me sirve de nada el saber ni el cómo ni el por qué. Lo que importa ahora es que estoy a la ley del chivo y podré irme a Europa a especializarme.
- Gracias, papi. Te debo una.
- Bueno, mijo. Me saludas a las peladas.

JASSIR ABDALA ELJACH NORIEGA

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